DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO
Con los textos de la liturgia dominical de hoy se inicia catequesis sobre lo que es ser creyente en Jesús de Nazaret. En los domingos anteriores la Palabra de Dios intentaba facilitarnos una clave de interpretación de Jesús y de su misión: Cristo proclama un mensaje y clarifica con unos hechos el alcance y significado liberador de su Palabra.
En los textos de hoy, comienza a exponerse el programa cristiano. Y, paradójicamente, en lugar de proceder de lo menos comprometedor a lo más, se va directamente al fondo de la cuestión. Se nos ofrece, de entrada, la nueva "ley" del creyente no hecha ya de ritos y fórmulas legales, sino un "estilo" de vida, una dinámica, unas metas a conseguir en un esfuerzo de conversión a Cristo que ha de ser mantenido a lo largo de toda la vida.
El cristianismo, en sí mismo, desborda toda legalidad. No se es cristiano por "hacer" esto o aquello, sino por orientar toda la vida hacia unas determinadas metas, desde unas concretas escalas de valores y con un modo o estilo de acción muy peculiar.
Las palabras de Jesús se dirigen expresamente a sus discípulos, es decir: a aquellos que tan tomado la opción no sólo de escucharle sino también de seguirle. Lo que Jesús expone aquí a modo de programa no es una moral universal, comprensible para todo el mundo, sino la pura expresión de su misión y destino más personales. ¿Que misión, qué escala de valores, qué estilo? La respuesta se encuentra en el texto de las "bienaventuranzas", al que sirven de pórtico las otras dos lecturas bíblicas de hoy.
En las "bienaventuranzas" se exige una amplitud universal de miras frente a los egoísmos individualistas o nacionalistas, raciales o de clase social. Se exige un radical apasionamiento por la promoción de la justicia en las relaciones humanas. Se exige una actividad eficaz y comprometida por crear día a día la paz entre los hombres y los pueblos. Se exige una disponibilidad de llegar a la persecución y a la cárcel en razón de una libre y franca proclamación del evangelio.
Lo que aquí nos interesa es que seamos conscientes de dos cuestiones esenciales:
-Que vivir como cristianos trae una serie de consecuencias.
-Que esas consecuencias no deben llevarnos al desánimo, sino a considerarnos y sentirnos bienaventurados.
El cristiano, un hombre diferente. Ser fiel a Jesús, vivir como cristiano, seguir el Evangelio, trae, necesariamente, una serie de consecuencias; y también podemos formular esta afirmación en sentido inverso: si no aparecen las consecuencias, si no se producen esas situaciones en la vida del cristiano, su cristianismo es, cuando menos, de dudosa fiabilidad. Quizá estamos demasiado acostumbrados a nuestro cristianismo de diario, un cristianismo reducido al cumplimiento de unas obligaciones religiosas que, por divorciadas de la vida, en nada afectan a ésta; unas prácticas que no tienen más repercusión en la vida que el tiempo que lleva el realizarlas; todo lo demás sigue exactamente igual; y podemos hacer compatible el realizar esas practicas con un estilo de vida plenamente idéntico al de cualquier no creyente.
El estilo de vida que se construye sobre el Evangelio es realmente diferente de cualquier otro estilo de vida que no se basa en el Evangelio. Los bienaventurados. Por decirlo en pocas palabras, vivir al estilo del Evangelio nos puede llevar a "vivir la vida al revés": valorar lo que normalmente no se valora (v.gr.: la fidelidad, la abnegación, la entrega, la servicialidad, el estar al servicio del prójimo, el tener más confianza en Dios que en ninguna otra cosa, el compartir, el renunciar a un afán ilegítimo de posesión, la valoración de las personas por ser seres humanos, no por su categoría, sus posesiones, su edad o su belleza, etc.) y dejar como secundario y no importante aquello por lo que la mayoría se desvive (el dinero, el poder, la superioridad sobre los demás, la presunción, la obsesión por la belleza, la valoración sólo de lo juvenil, el afán de ser más que los demás, etc.).
Jesús da ánimos a los suyos. Las bienaventuranzas que hemos leído hoy pueden tener muchas lecturas, muchas interpretaciones; una de ellas es la de verlas como las palabras que Jesús nos dirige para que seamos personas de temple, para que no nos amoldemos cómodamente a la mayoría, para que no nos dejemos arrastrar por la corriente, para que no nos dejemos llevar por el desánimo y llevemos adelante el estilo que Jesús nos pide.
En la medida que las comunidades cristianas y cada uno de los creyentes se aleja de este estilo de las "bienaventuranzas", en esa misma medida el creyente y la Iglesia están --estamos-- siendo infieles al mismo Evangelio. La Iglesia y el cristiano, para responder a su propia condición, tienen que volver continuamente sus ojos y su advertencia a esta primera página del mensaje de Jesús de Nazaret.
Que la bienaventuranzas que acabamos de proclamar nos sirvan durante esta semana para mirarnos en ellas como en un espejo y adquirir poco a poco el estilo de vida que Jesús nos muestra en ellas. Que así sea.
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